DOMINGOS DE MI INFANCIA

(imagen: http://www.gra-ba.com.ar/Los Campanelli)
Uno de los eventos más importantes y más queridos de mi niñez eran los almuerzos domingueros en la casa de mis abuelos.
Allí se reunía alrededor de la mesa toda mi familia, numerosa y bulliciosa, como toda familia que tenga orígenes italianos. Éramos, entre abuelos, tíos, primos, mis padres, mi hermano y yo, trece personas. Todos los domingos, sin excepción. Y sin excepción, tampoco siempre comíamos pasta, que en las primeras épocas preparaba mi abuela.
Recuerdo aquellos almuerzos, cargados de gritos y risas, hablando siempre más de dos a la vez, salvo, claro está, cuando hablaba mi abuelo, en ese momento todos hacían silencio porque era el más respetado.
Mi abuela, bajita y regordeta siempre estaba contenta (por lo menos así la recuerdo yo) iba y venía disfrutando del momento más esperado de la semana: la reunión familiar.
Cuando mis primos y yo fuimos creciendo, nos armaron una mesita algo apartada de la mesa de los adultos, pero igual podíamos participar de las grandes discusiones.
Cada cual tenía sus obligaciones, mi mamá y mis tías ayudaban a mi abuela con la comida, mi prima y yo preparábamos la mesa, mi primo colaboraba trayendo las sillas, mi abuelo leía el diario en un sillón cerca del comedor mientras mis tíos y mi papá leían y conversaban.
La casa de mis abuelos era bastante chica, por lo que debíamos apretarnos bastante para caber todos, pero eso no era muy importante, por que lo esencial era compartir esos momentos donde socializar era parte del crecimiento, del disfrute, de construir lazos entre chicos y grandes.
Se conversaba sobre cualquier tema, es más, como se trataban varios ítems al mismo tiempo, uno podía alternar las conversaciones participando en más de una ala vez, girando apenas la cabeza hacia un lado o hacia el otro: se hablaba de televisión hacia la derecha, fútbol hacia el frente, política hacia la izquierda, y así uno podía dejar de lado un tema que se ponía poco interesante para participar en otro que se mostraba más prometedor.
Era medio caótico el asunto, pero como todos sabíamos los códigos, aquello se podía manejar bastante bien, además, si uno no tenía ganas de hablar, podía limitarse a escuchar y asentir con la cabeza y listo!!...nadie exigía más de lo que uno tenía ganas de conversar.
Al momento de los postres, la mayoría de las veces había frutas variadas y en las grandes ocasiones masas o ensaimadas que mi abuelo compraba en una panadería famosa por su variedad y calidad.
De más está decir que había que apurarse a comerlas porque si uno se retrasaba un poco, corría el serio riesgo de quedarse sin nada, así que no había que distraerse ni dudar mucho, si preferías las de crema, tenías que ir apuntándotelas desde antes que te llegue el turno, si querías las de chocolate, por más que las miraras con tiempo siempre había alguien que la elegía primero; dado que nosotros, por ser chicos, estábamos en inferioridad de condiciones por el menor largo de nuestros brazos mi abuela siempre nos hacía elegir primero, así que dentro de todo, la juventud era una ventaja en aquellos momentos de competencia despareja.
A media tarde, luego de haber terminado de lavar los platos, seguía la merienda, con mate cocido y alguna torta o masitas, lo que hubiera, todo era bienvenido. En ese momento solía llegar un hermano de mi abuelo, se llamaba Nicolás, pero todos le decían Colino, el tío Colino. Solterón de cuerpo y alma era muy tolerante y cariñoso con los chicos, nos llevaba al quiosco y nos compraba las golosinas que quisiéramos y después nos contaba chistes y se reía mucho con nosotros. Los lazos que crecieron en aquellos días fueron muy sólidos, el cariño verdadero continuó con los años, mis primos, más que primos, son hermanos, mis tíos, sangre de mi sangre. Los años han pasado, mis abuelos y tres de mis tíos han muerto; nuestras vidas se distanciaron un poco, no nos vemos ya todos los domingos, pero aunque no lo hagamos sabemos que estamos, cuando se quiera y se necesite. Nos conocemos desde siempre, y eso nos une, nos da fuerza, aunque cada uno tenga ya su propia vida.
Creo que el haber tenido aquellos domingos a lo largo de toda mi infancia y adolescencia me sirvió para sentirme segura, sólida en mi crecimiento, acompañada por mis mayores, sintiendo cuales son mis raíces, integrada en ese núcleo tan especial que es la familia grande.
Neogéminis






